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Ascenso, derrumbe y desenmascaramiento de la firma Aratirí

 

Recuerdo al gerente general de Aratirí, a principios de 2011, explicando con orgullo que el nombre elegido para la filial uruguaya de la minera Zamin Ferrous era de origen guaraní y significaba “relámpago”. De este modo, presentaba el proyecto de extracción de hierro en Valentines desde su génesis como un insulto a la tradición originaria de la región, que siempre fue de amor y comunión con la naturaleza. No merecía esta voz nativa ser utilizada para denominación a semejante amenaza para la tierra.

Desde hace casi cuatro años compartimos saberes y sentires sobre este macabro plan de extracción del hierro de Valentines, así que no es la idea aburrir con estos tópicos. Hoy, ante el anunciado probable derrumbe de dicho proyecto, el tema será para qué fue usado este nombre desde su concepción.

Aratirí no es el nombre de una compañía minera. Aratirí es un bluff, y como tal se está evaporando, dejando visible detrás una nube tóxica, un turbio negocio que parece haberse frustrado, o al menos postergado hasta que pueda volver a manos de sus originales gestores, que hoy no quieren correr riesgos electorales. Aratirí ha sido siempre un artificio para poder presentar lo impresentable; el alter ego de una lucrativa iniciativa nacida en el seno de un partido político.

La primera vez que escuché hablar del concepto de “prestanombre”, fue de boca del fiscal Enrique Viana. Un prestanombre es una empresa –fantasma o real- que pone su nombre propiciando las condiciones para que cierto negocio sea realizable. El ejemplo más claro de lo que es un prestanombre lo vivimos con la empresa Cosmo, cuando sirvió de oferente para que se concretara el remate de los aviones de Pluna, negociado entre el estado uruguayo y el célebre empresario López Mena.

Viana fue el primero que consideró a Aratirí como un ente vacuo, un artificioso prestanombre para un negocio promovido desde la oscuridad, por un sector del partido de gobierno: el Partido Socialista.

Hoy todo parece adquirir sentido y claridad. Desde que el señor Puntigliano –miembro del partido socialista- era presidente de la ANP, insistía con la necesidad de encontrar una excusa para construir un “estratégico” puerto de aguas profundas en las costas de Rocha. Lo escuché haciendo esta afirmación hacia fines de 2006, mucho antes de que se hablara de Aratirí en estas latitudes. O quizás ya se hablaba de este emprendimiento –hasta ese entonces anónimo- a puertas cerradas, en la intimidad de la sede del PS.

Un empresario indio de nombre Pramod Agarwal, que dice regentear una empresa minera “familiar” de nombre Zamin Ferrous, apareció en escena poco tiempo después para proponer la explotación del yacimiento de hierro de Valentines, uno de los más bajos en concentración de metal que existen en el planeta. A la empresa no se le conocen antecedentes como minera, ni historial financiero, pero igual se le agradece haya puesto sus ojos en el magro yacimiento oriental y se le abre la puerta con reverencias. De inmediato, Puntigliano abandona la presidencia de la ANP para convertirse en gerente general de la filial uruguaya de la empresa del indio, convirtiéndose casi en un integrante más de esta peculiar “familia minera”. Desde las primeras negociaciones entre Aratirí y el gobierno, Puntigliano y Agarwal se muestran como un solo corazón. En cuatro años, nunca conocimos un ingeniero, un experto en minas, alguien con trayectoria en la materia, que se mostrara capaz de desarrollar un proyecto de las características y escala del de Aratirí.

Enseguida se puso sobre la mesa el tan anhelado puerto de aguas profundas. “Sin puerto no hay proyecto minero”, afirmaba categóricamente el flamante gerente, casi como una amenaza para que el Pueblo diera licencia social a esta contaminante y devastadora actividad económica. La regasificadora se sumó más tarde a la lista de meganecesidades accesorias al emprendimiento minero, casi como un efecto colateral del mismo.

No está de más recordar que el presidente del momento, Tabaré Vázquez -también miembro del partido socialista- tanta confianza y afecto expresaba por Puntigliano que hasta había afirmado que podría ser un excelente candidato a la presidencia de la república en el futuro, o bien un buen compañero de fórmula. Quizás luego cambió de idea por lo excesivamente manoseado que ha dejado su nombre el ex presidente de la ANP.

El otro integrante del partido socialista que no demoró en entrar en escena fue el ministro Kreimerman. Su defensa incondicional del proyecto de Aratirí era tan irracional desde el principio, que en abril de 2011 algunos de sus dichos fueron grabados por nuestra cámara y sumados al material audiovisual que usamos en nuestras charlas para ilustrar el tipo de mentiras de que son capaces los gobernantes para concretar un proyecto claramente resistido. Hoy nos preguntamos, ¿es casual que el ministro de industria, energía y minería durante el gobierno de Mujica, fuera una figura del partido socialista? Obviamente, no.

En los años siguientes, nos cruzamos con otros defensores “férreos” de este proyecto minero: El senador Martínez –partido socialista-, el diputado Pardiñas –partido socialista- y la señora Alicia Torres –partido socialista-, entre otros. Martínez hasta realizó una gira por varias ciudades del país para difundir las virtudes de este proyecto minero y destacar lo necesario que era para el desarrollo industrial y la diversificación de la matriz productiva. Omitía decir que se trataba de una actividad extractiva, no productiva, y que no había desarrollo industrial posible detrás de la extracción de este metal, que viajaba en bruto –primero a través de un caño y luego por barco- directo hacia China, durante poco más de una década. Detalles menores para él.

Aratirí se presentó en sociedad como una empresa minera junior, y nunca ocultó la posibilidad de vender el proyecto una vez obtenidos los permisos y firmado el contrato de inversión con el gobierno uruguayo. “En el mundo de los negocios todo tiene su precio”, vociferaba Puntigliano refiriéndose a esta posibilidad.

¿No resultaba asombroso que una empresa anacional bancara tres años de postergaciones en la concreción de su negocio, sin abandonar el país? Sin duda. Los grandes inversores no se destacan por tener paciencia a los gobiernos locales, por más serviciales que estos se muestren. En el plan original presentado por Aratirí, ésta pretendía comenzar la construcción de su planta industrial en setiembre de 2011. Sólo un prestanombre era capaz de aceptar tanta postergación.

Este siempre fue un negocio del partido socialista, que por vergüenza o riesgo electoral no quiso aparecer como dueño de un proyecto minero que le dejaría una ganancia de varios cientos de millones de dólares, con sólo hacer un pasamanos hacia una empresa minera mayor que sí fuera capaz de llevar adelante la explotación del hierro de Valentines, con un contrato de inversión entreguista firmado por el estado uruguayo como garantía. Esa era la única ganancia segura que dejaría este miserable emprendimiento. No, obviamente, la que sus promotores prometían para el Pueblo uruguayo. Y si había alguna posibilidad de un “fifty-fifty”, no era entre una empresa trasnacional y el estado uruguayo, sino entre los partidos políticos que se las ingeniaban para “meter la cuchara”.

Pero los verdaderos dueños criollos de este bluff denominado Aratirí, no contaron con la resistencia popular. La lucha del Pueblo, desde abajo, desde el interior profundo, desde la costa, desde la ciudad, esa lucha visible en la calle que muchos descreídos subestiman y ningunean –gobernantes y medios de comunicación masivos a la cabeza-, fue poniendo obstáculos a los promotores de esta falacia para que no pudieran concretarla con la velocidad necesaria. Llegó la campaña electoral y el proyecto de Aratirí empezó a expandir su hedor putrefacto.

No está de más aclarar que la posible caída del “relámpago” no es logro de una organización o colectivo social. Mucho menos de un partido político –con o sin representación parlamentaria-cazavotos. Pobre de aquél o aquellos que por ego o miseria personal intenten atribuirse esta lucha del Pueblo en alevoso intento por deslegitimarla. Un Pueblo movilizado sin pausa en marchas, acciones espontáneas, asambleas, toques, charlas, juntando firmas, denunciando este nuevo abuso en las redes sociales, pero sobre todo EN LA CALLE, es el responsable del estrepitoso derrumbe.

La caída del relámpago prueba, una vez más, que la lucha vale la pena. La lucha vale la alegría. Arriba los que luchan! (sin mezquindad)

 

Germán Parula

Asamblea Pachamama

Visto 1101 veces Modificado por última vez en Sábado, 13 Septiembre 2014 04:02

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