Sábado, 29 Agosto 2015 00:00

El Silencio de Nosotros los Corderos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El campo está en silencio. La ciudad también.

 

El campo, porque entre los monocultivos transgénicos y los agrotóxicos han asesinado la biodiversidad, han desaparecido aves, polinizadores y pequeños mamíferos. Han muerto por envenenamiento o porque huyeron para salvar sus vidas. Hasta la gente, pequeños productores y trabajadores rurales, han sido expulsados de los rutilantes desiertos verdes que cubren buena parte de nuestro territorio, donde el viento ya no tiene contra qué sonar y se dedica a soplar minúsculas gotas de veneno hasta plantaciones orgánicas, poblados y ríos. Salvo camiones, tractores y avionetas, nada quedó allá que emita sonido.

 

En la ciudad el pueblo, mientras no está ocupado procurando un magro salario, la pasa entretenido mirando la tele u otra pantalla de menor escala, contando los pesos que lo arrimen al final del mes y planeando las próximas compras –necesarias o inútiles- en el esplendoroso súper o en el glamoroso shopping center.

 

La naturaleza perdió la voz, y nosotros, que somos parte, la perdimos junto con ella.

 

Es cierto; en estos días se escucha con fuerza a los gremios de la educación. Convencido de que en la movilización está la última esperanza, apoyo y adhiero a los reclamos de los docentes, aunque hayan sido aspectos presupuestales y salariales los que los motivaron, y actitudes autoritarias del gobierno las que los encendieron. Quisiera que se hubieran movilizado mucho antes, porque además de recibir magros salarios –aproximadamente una décima parte de lo que cobran muchos políticos parásitos-, tienen a su cargo educar a nuestros jóvenes para hacerlos funcionales a este sistema desvinculante y competitivo que nos esclaviza y controla. Quisiera que se hubieran movilizado antes de las elecciones, por ejemplo, antes incluso que el mundial de fútbol. Porque elecciones y mundiales de fútbol son excelentes distractores de pueblos sometidos, ferias circenses durante los cuales más fermentan las falsas ilusiones, donde mejor se disimulan las miserias cotidianas con las que nos obligan a convivir. Quisiera que se hubieran movilizado, con esta admirable convicción y decisión, junto a todo el pueblo, por una reforma educativa de raíz. No necesitamos (más) ciudadanos amaestrados para ser exitosos –o fracasados- esclavos, sino jóvenes preparados para vivir en estado de libertad y felicidad, librepensadores capaces de exigir y luchar sin miedo por sus sueños y por sus derechos.

 

Pero, aún cuando claman por presupuesto, bienvenidos los gritos de maestras y maestros. Es un alivio en medio del doloroso páramo de silenciosa resignación que nos envuelve. Porque el silencio duele cuando es hijo de la indiferencia y el amordazamiento.

 

Duele, por ejemplo, que nos acostumbremos a no tener agua pura para beber, como ya nos acostumbramos a no tener tierra fecunda donde cultivar ni semillas libres para sembrar en ella. Duele ver niños enfermando de cáncer ante la mirada impávida de quienes podrían –o podríamos- hacer algo para evitarlo. Duele la certeza de que todo lo que se acompaña con los términos “productivo” o “desarrollo” se refiere a producir dinero o desarrollar el capital para beneficio de unos pocos, nunca a producir bienestar o desarrollo humano. Duele que nos acostumbremos a una sociedad donde reinan la violencia, la impunidad, los delitos que nutren los noticieros y –sobre todo- los delitos de guante blanco que la TV no muestra y que suelen incitar a más violencia. Duele asumir que no somos capaces de liberarnos de todo este dolor al que nos resignamos ensimismados, distraídos delante del televisor u otra pantalla luminosa, sometidos a la enajenación y los engaños por parte de quienes ofician como meros administradores de este perverso sistema desde un banco, una emisora de TV o un sillón en el parlamento.

 

En este sistema, la libertad humana, como la de la tierra, la del agua y la semilla, son una triste ilusión. Unos y otras somos explotados a demanda de quienes necesitan incrementar su capital y su poder, so amenaza de dejarnos sin alimentos, sin bienestar, sin futuro, sin libertad. Paradójicamente, es todo lo que estamos perdiendo por permanecer adormilados, arrodillados, resignados o perezosos. Porque los negocios que se instalan en nuestra tierra son los que otros pueblos más conscientes no permiten; actividades económicas que implican la más intensa y brutal explotación, tanto de bienes comunes como de personas, extrayendo riquezas que trasladan al norte del planeta, dejando a su paso muerte, desolación y grave contaminación. Megaminería, monocultivos forestales y transgénicos, fracking -por ejemplo-, y la construcción de megainfraestructura como represas, puertos, carreteras, plantas generadoras de energía, etc., a fin de facilitar la tarea a quienes promueven un saqueo que ha sido perfeccionado en los últimos 500 años.

 

Es hora de abandonar el refugio del círculo de confort, pues tiene fecha de vencimiento. Es hora de levantarse del sillón para salir a la calle a detener estos abusos. Si no lo hacemos hoy, mañana lo tendrán que hacer nuestros hijos, en condiciones de mayor desigualdad y seguro con menos chance de hacerlo en forma pacífica. No te expongas a la posibilidad de tener que explicarles, de futuro, por qué no te moviste por ellos con la energía necesaria. Es nuestra responsabilidad. Es irrenunciable y urgente.

 

Es hora de juntarnos vecinas y vecinos para asamblear libres de amordazantes estructuras políticas partidarias que existen para garantizar la perpetuidad de este perverso sistema. Sólo en asambleas libres y horizontales, inspiradas en la solidaridad y la cooperación, con amor y creatividad, podremos trazar juntos los nuevos caminos.

 

Es hora de dejar de ser corderos.

 

 

 

 

Visto 532 veces Modificado por última vez en Lunes, 31 Agosto 2015 20:12

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